El fantasma de mi padre

La primera vez que vieron a mi padre después de muerto fue en la última escuela que dirigió, justamente, hasta poco antes de morir.

Su aspecto era el usual: traje y corbata, lentes pasados de moda y el corte de pelo un poco alto, al estilo “Pájaro Carpintero”. Sin apuro, paseaba por los pasillos de la institución.

La mujer que lo vio era la esposa del cuidador de la escuela. Ella había mantenido una relación de amistad con él. Un hombre serio pero en el fondo de corazón amable, explicaba a quienes les refirió el, cómo llamarlo, suceso. “Era Nino, llevaba esos lentes gruesos negros que no se usan más”, continuaba la doña.

La segunda oportunidad en que lo descubrieron en su fase espectral, los testigos fueron unos niños que, según le indicaron a sus profesores, se habían cruzado con un señor de traje y que cojeaba un poco al andar. Los chicos, alumnos de la escuela, no conocían a mi padre puesto que su enfermedad lo tenía ya fuera de sus actividades cuando ellos ingresaron a estudiar. Pero ese dato, la cojera, coincidía con el hecho de que mi padre usó en sus años finales, producto de la enfermedad, una prótesis en su pierna derecha.

Para los pibes fue apenas una anécdota que transfiguró en un gesto de horror el rostro de sus educadores pero para la doña significó bastante más. La visión la perturbó de tal modo que dejó de dormir por las noches y de salir de su casa, y terminó visitando a un psiquiatra que le recetó las pastillas correspondientes. Pero como el temor de coincidir de frente con mi padre era tan intenso, decidió cortar por lo sano: recurrió a la ayuda de un entendido en estas materias.

A partir de aquí la historia se vuelve un poco confusa. Nadie está seguro de si la señora en cuestión convocó a un sacerdote o a una bruja o si fue hasta la iglesia más cercana y, digamos, tomó prestada un poco de agua bendita.

Las anécdotas de fantasmas siempre le ocurren a alguien más. Y aunque esta me señala con el dedo tampoco me pasó a mi, yo no fui, como los pibes y la señora, testigo presencial de un hecho inexplicable. La historia me la relató una amiga que a su vez es amiga de esta mujer (“¡oye tu padre va a matar de un susto a alguien!”, me dijo un día) que luego del agua bendita, la bruja o el sacerdote, dejó de tener encuentros no deseados con el ex director de la Escuela G-4 de Puerto Natales, Chile.

¿Existen los fantasmas? Tal vez. Lo que sí resulta indiscutible es que existen las leyendas sobre fantasmas. La vida cotidiana semeja el curso de un río perpetuo raramente interrumpido en su devenir. Sin embargo, cuando algo trastoca su flujo, ese algo por lo general es horroroso o, en el mejor de los casos, sorprendente.

Una playa paradisiaca recibe la visita trágica de un tsunami. Un soporífero campo de maíz de Carolina de Sur es impactado por un pequeño meteorito que de caer en Nueva York habría matado a 1 millón de personas. Un castillo medieval, en el ya nadie vive desde hace siglos a excepción de un viejo cuidador, es transformado en una atracción turística cuando las ventanas comienzan a cerrarse solas y un ente cubierto con una sábana blanca se pasea por los sótanos.

“¿Qué es un fantasma?”, se pregunta Stephen en el “Ulises” de James Joyce.

Y la respuesta concluye: “Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres.”

Acaso, como teorizaba Alejandro Amenabar en su muy interesante película con Nicole Kidman, los fantasmas no sean “los otros”.

Publicado en diario “Río Negro”

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Postales de algún sitio

En este lugar, en este único lugar, las piezas se mueven. Unas tras otras. La velocidad no tiene precio. No puedes pagarlo. Nadie puede. Mis compatriotas coreanos al frente de su mini market. Unos tipos tomándose una cerveza en la esquina, sentados, a la espera de un colectivo que no llega. Una puta escupe al piso letras de oro. Una chica igual a Norah Jones camina sola con la mirada perdida. Sus jeans le van sueltos. Sus senos son pequeños. Los adivino. En este lugar, en este único lugar, veo los monstruos de nieve deshaciéndose en el sur. En el sur ya no nieva. No nieva en mi corazón porque estoy lejos de muy lejos. Una querida amiga me ha confesado su nuevo amor. Yo le advierto lo perdido que estoy. Como siempre. Leo por quinta vez el mismo libro. Espero también: una palabra en clave, un destino, un pasaje en primera. Mientras tanto pienso en pieles. En besos. En viajes. Añoro Escocia. Me emborracho de café con un español al que acabo de conocer y que se acaba de enamorar de una mujer a la que jamás ha visto en persona. Ninguno conoce a nadie. En una postal de mi pueblo, una insólita postal turística de un pueblo perdido del fin del mundo, mi viejo se abre paso a través del invierno. Es él, no caben dudas. Su peinado ridículo. Su ropa negra. Doy fe. Tengo la postal en algún sitio. Ya fue suficiente por hoy. Me rompo la boca de un puñetazo. Me entrego. Espero, yo también espero.

Nada, mi casa

No hay nada allí.
Puedes viajar durante horas y horas a través de la Patagonia con la nariz pegada al vidrio del autobús y no verás más que una de las caras del vacío: la inmensidad sin interrupciones. Sin contrastes.
Aunque la nada es mi casa.
Cuando pongo un pie en la provincia de Santa Cruz (Argentina) siento que ya estoy en territorio seguro. Que entiendo el código. Que puedo traducir el lenguaje del viento.
Una vez que dejas atrás el pequeño pueblo de Luis Piedra Buena, comienzan a asomar los picos nevados de las montañas. Sobre un fondo azul se proyectan los monstruos de granito. Chile, me digo, pero no desespero. También me gusta acá. Su río, su paz de Nirvana austral.
La temperatura en toda la región es, durante gran parte del año, lo suficientemente baja como para atravesar los hilos de tu ropa. Es un especie de impacto vital que te recuerda lo frágil y lo delicado de tu humanidad.
Más allá de las divisiones políticas, la Patagonia no se explica en una guía, ni en los mapas, ni en las fotografías hechas con gran angular. La Patagonia se siente en la piel. Se lleva en la piel. Se define en la piel.
Silencio es una de esas palabras que remiten a espacios invisibles donde justamente las palabras sobran. Sur, silencio, lejania. Sinónimos de un territorio mágico por contraste. Porque no hay trucos. Porque carece de adjetivos modernos como “sensacional”.
Mi sueño es siempre el mismo: Viajar de un lado al otro con destino a la Patagonia. Para llegar a Puerto Natales (Chile), mi pueblo, mi casa, donde una estufa a leña permanece encendida. Alguien me dará un abrazo y si tengo suerte cocinaré un salmón pescado hace apenas unas horas.
Por la mañana caminaré a lo largo de costanera descubriendo una vez más, como si fuera la primera vez, las figuras de los montes: Pratt, Tenerife, Ballena. Al fondo el macizo del Paine, que anticipa uno de los parques nacionales más bellos que existen.
Lo sueño cuando estoy lejos y, al final, sucede. Cada regreso es un nuevo comienzo.