Alguien

Aunque nuestra cita coincida con el último día de este mundo, aun así, quiero conocerte. He estado con muchas personas en muchos lugares y, en ciertas y especiales ocasiones, ha sido un gusto para mí. Un placer para ambos.

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Lo que te salva

Nos salvan la perspectiva de algo divertido en el futuro más próximo.
Nos salva el asado del fin de semana. La parripizza. Una película que está por estrenar en cine o DVD.
Nos salva un libro entrañable que nos espera junto a la mesa de luz cada noche. Nos salva la amiga que nos regaló ese libro (por ejemplo: “Querido amigo” de Angélica Gorodischer).

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Encuentros inexplicables

La chica y yo nos conocimos en una reunión de universitarios donde nadie sabía muy bien quién era o de dónde había salido el otro. Teníamos 18 años y estallábamos en el aire. Energía en estado puro, energía sin mancha, sin contratiempos. No sé si fue un flash. Fue un principio. Salimos y nos pusimos más o menos de novios. Ella vivía en una pensión en Parque Patricios y yo en una casa en Lanús, aunque pasaba algunos días de la semana con mis amigos en un edificio de Núñez. “¿Núñez?”, me preguntó meses después cuando ya podíamos afirmar que sí, que éramos novios. “Yo a veces voy a ver a mi primas a Núñez”. Pero Núñez es tan grande. Otro barrio más de la enorme Buenos Aires. Un fin de semana la acompañé al barrio. “¿Qué calle?”, le pregunté cuando ya nos habíamos subido y bajado de los dos colectivos que unían Parque Patricios con Núñez. “Jaramillo”, me respondió. “Jaramillo, mirá vos, la misma calle que la de mis amigos. ¿Altura?”. Entonces la chica acertó de lleno. Dijo el número exacto en el que vivían mis amigos. Era el mismo edificio.

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Poesía y almacén

Publicado en diario “Río Negro”

En el borde superior de la hoja de mi libreta de gastos anoto: “Hoy se fueron los chicos a Bariloche”. Debajo aparecen los nombres de los objetos (1 diario, 1 Coca Cola) y los precios: 4, 5, 28,50 pesos.
El resto de la hoja queda en blanco a la espera de nuevas compras.
No estoy seguro de si con el paso de las semanas se convertirá en una de libreta del almacenero con deslices poéticos, pero la anotación, espontánea, impensada, me indica que de un modo u otro siempre estamos haciendo poesía o provocándola por encanto o maldición.
Acabo de terminar de leer “La universidad desconocida” (Anagrama) de Roberto Bolaño, un libro de poesía publicado después de su muerte y que no se parece demasiado a un libro de poesía tradicional. De hecho, tiene más de vertiginoso diario de vida que de libro con pretenciones literarias. Y esta justamente tal vez sea esta una de las claves de la poesía de Bolaño, su falta de pretenciones, su ausencia de preciosismos baratos, de adjetivos que conllevan la dudosa misión de adornar (más aun) los adjetivos. Juegos líricos, delicatessen de la escritura que podrían obviarse.
Bolaño elaboró su libro con la levedad de quien deja caer una frase sobre un papel arrugado que llevaba en el bolsillo. Como un trazo certero, luminoso y despojado que no quería perder para siempre en los rincones caprichosos de la memoria (y ahora el rimbombante soy yo). Como una ocasión de decirse así mismo algo que no podía resultar desaprovechado. Alimento para futuros inviernos. Armas secretas.
Y así lo hace, así lo escribe:

“En la sala de lecturas del infierno  En el club
de aficionados a la ciencia ficción
En los patios escarchados En los dormitorios de tránsito
En los caminos de hielo   Cuando ya todo parece más
claro
Y cada instante es mejor y menos importante
Con un cigarrillo en la boca y con miedo            A veces
los ojos verdes             Y 26 años                        Un servidor”

No es una frase más destinada a integrar el mural de afirmaciones pomposas: todos llevamos un poeta dentro. Sólo que cada poeta posee su propia partitura y sus propios rítmo y melodía.
Al menos en mi caso, me gusta, me conmueve la idea de una poesía sin otras búsquedas que las que conducen al territorio de la honestidad. Ahí donde las palabras dicen lo que quieren decir. Donde se expresa el amor o el deseo, el miedo o la soledad, entre sumatorias cotidianas y recordatorios subrayados en hojitas amarillas. Ahí donde la vida pasa y pasa en estado puro.
En otro de sus poemas escribe Bolaño:

“Todos los comercios estaban cerrados
y además sólo tenía 50 pesetas
Tres tomates y un huevo
Eso fue todo
softly as in a morning sunrise
Coltrane en vivo
Y comí bien
Cigarrillos y té hubo a mi alcance.
Y paciencia en el compás del atardecer”.

Reencuentros

Es un secreto aquello que nos hace permanentes.
Un enigma aun para nosotros, guardianes de lo imperecedero, quienes con los años damos curso al sortilegio de cambiar para continuar siendo los mismos. Los mismos que nunca fuimos.
También participé de esos encuentros, rara tentación, en los que un grupo de personas que una vez tuvieron algo en común (compañeros de curso, de un club o de una experiencia increíble y traumática) decide reunirse para ver qué ha acontecido en la vida de cada cual.

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Capítulos del sentido de todo

Del fracaso. El fracaso es una prueba de valor consumada. No deberíamos estar tan preocupados por no fracasar como de no tener en nuestro haber proyectos en los cuales, efectivamente, ya hemos fracasado. Que es como decir: no es tan dramático que una chica te rechace como no ser propietario de una breve o larga historia de rechazos detrás tuyo. Porque esa historia de caídas en falso, de piletas vacías, de retorcijones sin analgésicos, constituye el relato fehaciente de que has amado. O, al menos, de que uno se ha dejado llevar por la devoción.

Libros perdidos. Los libros de los últimos días son esos libros con los cuales nos encariñamos como si fueran personas, o mejores que las personas, porque hay libros que destilan perfección. No queremos dejarlos ir, nos transformamos en madres que pretenden que sus hijos jóvenes, a metros de la adultez, se queden a vivir en el cuarto que han ocupado hasta ahora. Postergamos el final. Dejamos para mañana lo que podemos hacer hoy y con trágica lentitud avanzamos hacia su epílogo. Sus palabras quedarán para siempre grabadas en algún sitio de la memoria pero, en tanto hecho flamante y original, serán nuestros libros perdidos.

Aromas secretos. El aroma inesperado y que inesperadamente nos conduce al pasado. Quizás tengamos suerte y se trate de un pasado remoto. La comida casera de la abuela. El beso que nos reveló el misterio de las flores que aquella chica llevaba en su pelo. Yo, por ejemplo, recupero con la nariz el cuerpo íntimo de los libros. Antes o después de leerlos abro sus páginas en abanico y me dejo tentar por las otras posibilidades de la materia. Palabras convertidas en señales invisibles. Si el libro no es tuyo o es de segunda mano, habitarán su universo de papel aromas de mañanas ajenas y hasta teléfonos de personas que no conoces y jamás llamarás. Otras vidas, otros laberintos contenidos en la suprarrealidad de un libro.

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Cómo conquistar chicas

Nadie sabe que tan lejos puede llegar un hombre o una mujer por conquistar a esa persona de quien se ha enamorado. Lo único cierto es que lejos siempre es lejos.
Patrick Moberg, por ejemplo, en 2007 vio (apenas eso, “vio”) en el populoso metro de Nueva York a la chica de sus sueños y desde entonces no ahorró esfuerzos para conocerla. Pero ¿quién era la chica en cuestión? ¿Dónde vivía? ¿Tenía novio? ¿Volvería alguna vez a usar el metro a esa hora o se trataba de un mero paréntesis en su agenda cotidiana?
Patrick comenzó (imagino que con cierta premura y ansiedad) a colgar creativos identikits de la piba con la frase: “I saw the girl of my dreams on the subway tonight”, por toda la Gran Manzana, incluyendo al pie su teléfono y su mail. Existía la posibilidad de que ella misma o alguien la reconociera en el pastiche. Patrick incluso replicó el dibujo en una página web en la que se los ve a él y a ella en su versión cómics, con una serie de datos anexos que podrían ayudar en la pesquisa de un eventual detective del amor.
La historia tuvo un final digno de la realidad pero indigno de los cuentos de hadas: Patrick encontró a la chica y le avisó a todo el mundo, a través de su web, que ya estaba, que muchas gracias por los numerosos signos de apoyo que recibió. En el sitio hoy en día aun se puede leer: “Found Her!”. El resto es una incognita. Patrick prefirió dejar el relato amoroso justo en el capítulo en el que él y la chica zarpaban hacia tierras desconocidas.
Me hizo recordar, aunque en el terreno de la ficción, en otro loco enamorado: Yuri Orlov. Orlov es un personaje del filme “El señor de la guerra”, interpretado por Nicolas Cage, quien desde su adolescencia está perdido por la modelo Ava Fontaine (la sensual y leve Bridget Moynahan). En más de un sentido Orlov es un ser despreciable y le gusta serlo. Trafica con armas dónde y cuando le digan y transcurre sus días negociando con oscuros dictadores y feroces guerreros embadurnados de sangre. Pero Yuri preserva su costado dulce. De modo que un día, cuando ya tiene ciertos recursos, urde un complicado y oneroso plan con el exclusivo propósito de conquistar a la bella Ava. A costa de coimas, mentiras y simulaciones, crea el escenario romántico perfecto. Contrata a Ava para una sesión fotográfica destinada a una falsa campaña publicitaria y la aloja en un coqueto hotel, del cual, previsor él, ocupa todas las demás habitaciones. Como por casualidad, como quien no quiere la cosa, Yuri se encuentra con Ava en la playa privada del hotel y la saluda amable pero no particularmente interesado: ¿lo únicos dos, eh? Y así comienzan con diálogo que termina en una oferta que Ava no podría rechazar: ¿Te llevo a algún sitio en mi avión privado? Por supuesto, el avión no es de Orlov sino alquilado, y Orlov soborna a la tripulación para que le pongan por unos minutos un slogan en el ala con las iniciales de su nombre. Que enorme y fastuoso estafador. ¿El final de esta historia? Orlov se casa con su amada Ava Fontaine, a la que continúa engañando no con otras mujeres sino con la verdadera naturaleza de su trabajo.
Ayer, con cierto retraso, terminé de ver “Tremé”, la entrañable serie producida por David Simon, el creador de “The Wire”. Uno de los personajes más atractivos de esta historia que narra la agitada vida de la ciudad del jazz, el soul y el blues, después de Katrina, es Davis McAlary, interpretado por el infaltable comediante Steve Zahn. David quiere que Janette (Kim Dickens) se quede en Nueva Orleans y no se marche, como ella ha decidido, a Nueva York donde continuará su carrera de chef. David le pide un día, sólo un día para convencerla de que New Orleans es su lugar en el mundo.
Durante toda la jornada David expone a su “amigovia” a los sabores de New Orleans, a su música increíble, a su árboles, a su aire, a su gente y sus colores. Juntos cruzan las distintas fronteras que divide un placer de otro hasta llegar al frontera final, una noche de buen sexo matizado por unas gotas de vino blanco.
¿Convence David a Janette, amparado en estas sensaciones, de reconsiderar su decisión? ¿Puede el amor más que ciertas razones?
Supongo que es mejor dejar que cada cual se entere viéndola por ahí, o,  en el fondo de su corazón, albergue la respuesta. Una respuesta.

Publicado en diario “Río Negro”