En eso estamos, Ray

Ray Bradbury encontraba el sentido de la vida y la posibilidad de una cierta trascendencia en el arte de la escritura. Era en aquel espacio solitario y un poco tortuoso donde Bradbury despejaba la X de la historia. Y de su destino.

Mientras escribo las líneas de rigor a propósito de su muerte no estoy completamente seguro de que ésta haya sido la faceta más reconocida de quien se hizo célebre publicando “Crónicas marcianas” y “El hombre ilustrado”. Resulta limitado que Bradbury trascienda sólo como un escritor de ciencia ficción al estilo de Isaac Asimov. El gran Ray era también un gigantesco inspirador, un organismo brillante, una piedra basal de la que podíamos agarrarnos cuando nos temblaba el pulso. Bradbury fue un fantástico optimista, un hombre sabio que había descubierto que, como decía Ernest Jünger, el sentido de la vida radicaba en emular la creación como un juego de niños.

El artículo en “Río Negro”

Anuncios

De cabeza al cielo

Exprimes el limón y piensas que exprimes la vida
El tiempo estalla hacia adentro y hacia fuera con una precisión feroz
Una piba toca el bajo y raja las entrañas de la tierra
Y extrañas
Que un fuego letal deje un tatuaje perverso sobre tu espalda
No, no, nada de eso
El parlante da hasta donde puede
La diferencia entre una cosa y la otra
es si eres capaz de soportar el frío una vez
que te sacas la remera.
El llanto es inspirador
Y la rabia y la furia
y el deseo perpetuo que te hace imaginar
posiciones extrañas con la más dulce
de las hadas
Tu poción y tu magia
subyace en el temblor de tus manos
en la posibilidad cierta de que te lances de cabeza.
Ahora mismo.
Ya.
Al próximo cielo.
Al próximo infierno

Un nada que lee

El segundo nombre de mi hijo Iván es León. Hasta que una psicóloga nos lo hizo notar nunca pensé en el hecho de que León podría entenderse como “gran lector”. No es el caso, Iván todavía no lee con fluidez y supongo que mi vocación por la lectura está íntimamente relacionado con esto. Uno tiende, casi por regla, a contradecir la vocación de sus padres.
Esas rebeliones que tantos dolores de cabeza provocan en los progenitores tienen sentidos profundos y muchas veces contribuyen a que un ser nuevo, verdaderamente nuevo salga adelante.
Pero sería erróneo suponer que contradecir el mandato significa iniciar un camino que conduce a un espacio directamente opuesto al cual se ha partido. Más bien, me imagino que los cuestionamientos familiares tienen la forma de un círculo. Alegando libertad volvemos al lugar de origen. Sin quererlo nos convertimos en seres que homenajean a otros seres.
Yo también tuve problemas con la lectura siendo un chico. Me costaba entender, odiaba escribir con un lápiz y hacer las cursivas.
Más de 30 años después de mis propios calvarios leo más no escribo a mano salvo para anotar cuentas. Y leo con una voracidad caótica que sospecho no es de ningún modo conducente. Diría que es una suerte de ironía: estudiar como un desquiciado para no aprender nada en concreto.
En los últimos tres o cuatro días compré un diario “Clarín” que venía con una versión económica de “El Aleph” de Borges (de quién tengo las obras completas), “El periodista deportivo” de Richard Ford (por el título y por lo de periodista), “El hotel New Hampshire” de John Irving (porque me gustan los hoteles y la obra de Irving), “Las partículas elementales” de Michel Houellebecq (aunque en realidad quería comprar “Ampliación del campo de batalla” y no tengo idea de cual es el motivo que me condujo a cualquiera de los dos libros), “Un maestro de Alemania (Martin Heidegger y su tiempo)” de Rüdiger Safranski (porque siempre compro algo de filosofía), “Una belleza rusa” de Vladimir Nabokov (porque me faltaba en mi colección de compactos de Anagrama que sale con “Página/12”), y, finalmente aunque no menos importante, “Diarios de bicicleta” del músico David Byrne (porque amo el andar en bici y el tema “Psico Killer”). Mientras tanto ojeo “El buscador de finales” de Pablo de Santis que le han dado en el secundario a leer a mi hija Mercedes, a la que si le gusta leer pero, por favor, que no la apuren.
No tengo la menor idea de cual es el sentido de este particular conjunto literario-turístico-filosófico. Que significado puede tener de ahora y para siempre en mi vida. Los libros están. Son. Se dejan leer. Obran como cómplices.
No constituyen un saber sino la oportunidad de un relato. El mío. Tampoco podría calificárselos como una herramientas. Como un capital virtual o tangible. Nada de eso. El discurso multiplicado en una enorme variedad de metáforas representa un hecho artístico en sí mismo. Como no se escribe un poema con el propósito de pagar el alquiler, mucho menos se lee para “con lo facturado” invertir en un fondo al 0,9 porciento mensual.
El terminar cerca de alguna actividad remunerada que se vincule a la escritura, la lectura o el diseño de geometrías atractivas, es pura casualidad, un flash, un capricho del destino, una esfera luminosa que explota sobre nuestras cabezas. Aquí no cuenta lo que hacemos para vivir, ni lo que nos dijeron o nos dejaron de decir al respecto. Lo que cuenta es el ánimo, el llamado selvático, el deseo ladrando por su supremacía.
Leer o escribir o diseñar o soñar libros no es un plan b, es el plan a. De modo que el mandato empuja hacia el eterno retorno. A mi padre le preocupaba que estudiara algo para que sirviera para algo. Y yo estudie y sigo estudiando para, básicamente, subrayar mi nada. Soy un nada que lee.

Nación literaria

“Francia es una nación literaria. El libro tiene aquí mucha importancia. Si usted se monta en el metro o en el autobús, se dará cuenta de que todo el mundo lee. Eso no pasa en Inglaterra, por ejemplo. Otra cosa: Francia es la patria de los intelectuales. El intelectual moderno nació aquí, en París, con el caso Dreyfus. Y los intelectuales han seguido y siguen teniendo importancia. En Inglaterra y en Estados Unidos no es así. En Estados Unidos sólo se les da importancia a los intelectuales en la costa Este, en algunas universidades.”

Pierre Assouline, escritor y periodista cultural (“El País”)

Armando un libro: “Chilote”

Por estos días estoy redondeando mi primer libro en solitario: “Chilote” – el primero fue a dúo con Ana Yalour y se llamó “Así de una”-. Otra de las cosas que me encuentro armando es la presentación que tiene más de evento musical que literario. Avisaré y los esperaré.

Uno de los poemas dice:

Te queda

El pelo atado queriendo fugarse

El flequillo en todas sus formas y excepciones

Los jeans ajustados

Las zapatillas gastadas

El rojo vivo

Los vestidos estampados con flores grandes

Tu risa como agua

Tu carcajada incontenida

Tus manos detrás de las palabras queriendo prolongar una oración

El perfume Kenzo que no necesitas

El aroma a cremita lechuga en tu rostro

El aroma a vos

El viaje y la mochila

El caribe

Las playas blancas

La bicicleta y la bikini

El agua color turquesa

El horizonte hacia el que huyes

El beso robado

El beso furtivo

Te queda una conversación en la Luna

Te queda un tatuaje perfecto en tu brazo perfecto

(Porque tus brazos son perfectos)

Te queda el fuego en la noche

Te queda una larga y dulce conversación sobre la hierba

Te queda fotografiar a los ángeles

 

Tan real como Stephen King

 

Como Carlos Castaneda, como Tomás Phychon, como Borges, como Salinger, Stephen King ha traspasado los límites de su propia ficción para convertirse él mismo en un personaje. En una leyenda que muy probablemente no morirá jamás.

King se perderá en el horizonte infinito, se desintegrará bajo un manto de sombras, caerá al más abismal de los precipicios pero ¿morir? ¿fallecer de una sobredosis letal de barbitúricos? ¿de un ataque al hígado? ¿de un accidente de tránsito?

No, eso no le ocurrirá al creador de “It”.

El artículo completo en diario “Río Negro”

Los cuentos del detective salvaje

La figura de Roberto Bolaño ha recorrido un largo camino para llegar hasta nosotros sus lectores.

Vivió 50 años, lo que en la consideración de algunos es poco y en la de otros, suficiente. De todos modos, a Bolaño no le alcanzó para concluir tal y como él quería su obra cumbre “2666”.

Este libro finalmente llegó a las librerías convertido en un basto continente al que aún le faltan algunos de sus paisajes, no sus mayores características geográficas pero sí una parte de su contorno definitivo. Los ¿”bolañólogos”? que no faltan ni le faltarán jamás a un personaje tan singular como Roberto Bolaño, aseguran que es así, que Bolaño murió estando cerca. A metros de hacer cumbre.

Se podría decir –y habrá a estas alturas quien se ofenda tomando en cuenta que Bolaño ya toca con sus manos etéreas el bronce y el prestigio celestiales– que su obra es cuando menos despareja. O inesperada en sus líneas de conducta estilística. O ciclotímica. O caprichosa. Probablemente más esto último que lo primero. No, no es lo mismo adentrarse en los pliegues y repliegues universitarios mexicanos de “Amuleto”, que en la pesquisa sagrada y alucinante de “Los detectives sueltos”. Son obras que uno no puede comparar y mejor no hacerlo por pura precaución.

De manera que sólo hay una vía absolutamente recomendable y segura de “entrarle” a Bolaño –tomando en cuenta que “Amuleto” parece simple, extraña y sombría, “Los detectives salvajes”, implacable y exclusiva como un club de chicos duros y románticos, “La literatura nazi de América”, erudita y desquiciada, y “2666”, demencial y enciclopédica– y es la que conduce a sus relatos. Que, curiosamente o no, no se sienten como relatos sino como novelas que Bolaño decidió dejar en una suerte de limbo donde se debaten entre la síntesis y la infinitud.

Artículo completo en diario “Río Negro”