El lenguaje secreto de la música

Fotografía: Alejandra Bartoliche

La Sinfónica Patagonia dirigida por Facundo Agudín se presentó este fin de semana en El Bolsón, La Angostura y Bariloche. Crónica de unos de sus muy concurridos conciertos.

La música es un lenguaje compuesto de palabras secretas. Entre la expansión del sonido y su llegada a los oídos de la audiencia se gesta una dinámica distinta e impensada. Es ahí donde se fabrican palabras que no son dichas, sensaciones de alta pureza que elevan la música a la categoría de milagro.
En la extensa fila de personas que esperaban el fin de semana su turno para entrar al Gimnasio Municipal Nº 1 de Bariloche una alegre ansiedad se hacía palpable. “Vamos a escuchar un poco de música clásica”, le decía, como incrédula, una señora a otra. Mientras tanto polulaban por entre las piernas de los adultos unos chicos con suficiente energía como para llegar a la Luna y unas jovencitas no paraban de enviar y recibir mensajes de texto desde sus celulares.
Pero este dinamismo tan humano, tan necesario, tan habitual, se congeló por espacio de una hora y media cuando la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Río Negro – que el viernes estuvo en El Bolsón y el sábado en La Angostura – comenzó a calentar instrumentos. El silencio se impuso igual que un manto en el momento en que las cuerdas iniciaron su escalada de afinación. A partir de entonces todo fue música, clásica, docta, o como quieran llamarla, pero música al fin, que trasladó a la gente en el tiempo y a lo largo de la historia y la geografía de Europa y la Argentina.
Fue un verdadero flash de energía y coordinación ofrecido como un regalo por este conjunto de buenos músicos que son pura sonrisa y orgullo, tal vez un poco inconscientes aun de lo mucho que están logrando en escaso tiempo.
“Ahora vas a ver, la segunda parte es la mejor, lo más power”, le explicaba un músico de la sinfónica a un amigo durante el intervalo. Nada más cierto porque después de hipnotizarnos con “La pregunta sin respuestas” de Charles Ives, y de subir la temperatura con “7 danzas folklóricas rumanas” de Bela Bartók, “Suites I y II de la ópera Carmen” de George Bizet; la Sinfónica Patagonia terminó levitando, a puro “power”, con “Danzas del ballet Estancia” de Alberto Ginastera. Fueron necesarios tres bises para que el público se diera por satisfecho.
Pero justo antes de los bises una imagen se perpetuó frente a mi. Una señora aferrada a su bolso y su abrigo, que permaneció sentadita, en transe, en uno de los bancos que habitualmente utilizan los jugadores suplentes, a lo largo del concierto. Los ojos fijos en un horizonte invisible. El cuerpo quieto pero desprovisto de tensión. Apenas unos leves movimientos rítmicos revelaban hasta que punto se encontraba disfrutando de la música. “¿Ya terminó?”, le preguntó a su amiga que también se había petritificado. Si, había terminado.
Pero quedaban los bises y, cuando la última frase de los instrumentos fue dicha, la gente aplaudió de pie y gritó pidiendo un más.

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