Amy Winehouse o la soledad del dios

Las estrellas mueren en soledad.

Lejos de las postales ideales a las que nos tiene acostumbrado cierto imaginario popular, los artistas quedan, no pocas veces, abandonados a su suerte.

Marginados de sus seres queridos, si es que aún les quedan, y de sus sueños originales, aquellos que alimentaron parcialmente su carrera.

La gloria artística puede transformar la vida de estas personas en un infierno exquisito. Una pátina de aburrimiento y tedio comienza a cubrir todas sus actividades, mientras los fanáticos, la prensa y los infaltables hombres de negocios no hacen más que pronunciar frases consabidas, argumentos de batalla como eslóganes y demás lugares comunes que de nada le sirven a quien permanece y padece en soledad.

La película sobre Kurt Cobain “Last Days”, de Gus van Sant, refleja muy bien el laberinto en el que puede caer, por ejemplo, una estrella de rock. Ahí se lo ve a un álter ego de Cobain, perdido en los cuartos vacíos de su enorme casa, acompañado por amigos fantasmales que prefieren mantenerse al margen de sus conflictos psíquicos. Al fin de cuentas es él quien paga la comida.

Meses atrás Leonardo DiCaprio le relataba con alarmante inocencia a “Rolling Stone” esa pegajosa “nada existencial” por la que transcurre entre películas. Sumido en un limbo de placer, los días del astro van volviéndose una repetición. Un calco del día anterior.

Las historias de las leyendas abandonadas a su propio delirio más temprano que tarde pesarán en el itinerario psicológico de los músicos y actores exitosos. Antes que Amy Winehouse, y de un modo similar, se fueron Janis Joplin y Jim Morrison. Antes que Heath Ledger, James Dean ya se había marchado al otro mundo en su coche veloz. Todos parecían llamados a la eternidad. Pero todos murieron de una manera estúpida.

Winehouse era esa delicada flor que nadie podía tocar sin romper en mil pedazos. El furioso torbellino en el cual terminó ubicándose estaba hecho de admiración y respeto pero también de fanatismo, indulgencia y caos.

Cuando el artista transfigura en estrella y adquiere el rango de dios olímpico es el momento en que su existencia se torna más frágil y peligrosa.

Días antes de morir, Ledger, un buen chico y un actor cercano a la genialidad, le había confesado a una periodista de “The Guardian” que estaba durmiendo una hora por día y atiborrado de pastillas. Lo contó como si fuera nada. Y nadie hizo mucho por él.

Publicado en diario “Río Negro”

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