La chica mujer, Ana y la arena

La chica de unos 20, de unos 30 y tantos, de una edad imprecisa que le hace a uno decir “la chica” y no la mujer, venía corriendo hacia mi sobre la arena con los pies descalzos. Parecía que volaba. La pelota cruzó mi horizonte.
Le hablé al pasar. Le dije algo por decir. ¿Qué?, preguntó y no respondí nada.
De luna de miel, me explicó sin que yo pidiera explicaciones. De luna de mil de separación. La pelota la había tirado su ex marido pero ella ya se había aburrido del juego.
Estamos aquí festejando todo lo que no ocurrió, lo que no ocurrirá con nosotros, me dijo. Los hijos que no tendremos. La casa y el jardín. El auto en cuotas. Las mañanas y las tostadas. No ocurrirá. Jamás.
¿Vos?, preguntó ahora. Y le dije que que raro, yo tengo cinco hijos y apenas si recuerdo haber vivido todo eso. Alguien que no conozco demasiado bien alquilaba una casa grande y pagaba un auto en cuotas. Era el mismo hombre que dormía a cada uno de sus hijos en brazos a eso de las 11 de la noche. Creo que era yo pero no puedo jurarlo porque son tantas las cosas que he vivido junto a otra persona que tampoco está. Que se ha ido, tal vez a vivir lo que no vivió conmigo, en otro mundo. Con otra gente.
Sé que lo intenté y que no lo logré, concluí. ¿Que intenté? Qué. Qué.
Caminamos juntos con la chica mujer por la playa interminable. Le pedí que me acompañara mientras el ex marido se quedaba atrás a la distancia jugando ahora con un perro, el único bien que compartían. Avanzamos en silencio. Un silencio sólo interrumpido por una frase suya: “Creo que no podría tener un hijo, sería demasiado para mi”.
A eso no retruqué aunque la chica mujer tenía el aspecto de las chicas mujeres que tienen un hijo y lo llaman Sol.
A veces sentía la tentación de darle la mano, pero no por una señal de lujuria sino porque me sentía tan triste y tan solo que necesitaba el apoyo de alguien, incluso un ser anónimo, para no caer redondo al suelo arenoso. O al agua.
Al final llegamos al lugar que me había propuesto. La librería de una amiga poeta. Ana. La chica mujer y Ana se hicieron cómplices en cuestión de minutos, yo me quedé al margen. Otra persona sirvió vino pero me negué, estaba harto de oírme hablar borracho.
Permanecí mudo. Como una estatua. Una estatua de sal ausente de todo y todos. Pasaron las horas, miles, la joven mujer y Ana hablaban del tarot, de magia y de estrellas.
Antes de que comenzara a amanecer me levanté para irme. Di un par de besos y partí cortando el espacio que aun era noche pero comenzaba a dejar de serlo.
Creo que Ana y la chica mujer se tiraron en la arena y se perdieron en un sueño enorme y desinteresado.

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