Un nada que lee

El segundo nombre de mi hijo Iván es León. Hasta que una psicóloga nos lo hizo notar nunca pensé en el hecho de que León podría entenderse como “gran lector”. No es el caso, Iván todavía no lee con fluidez y supongo que mi vocación por la lectura está íntimamente relacionado con esto. Uno tiende, casi por regla, a contradecir la vocación de sus padres.
Esas rebeliones que tantos dolores de cabeza provocan en los progenitores tienen sentidos profundos y muchas veces contribuyen a que un ser nuevo, verdaderamente nuevo salga adelante.
Pero sería erróneo suponer que contradecir el mandato significa iniciar un camino que conduce a un espacio directamente opuesto al cual se ha partido. Más bien, me imagino que los cuestionamientos familiares tienen la forma de un círculo. Alegando libertad volvemos al lugar de origen. Sin quererlo nos convertimos en seres que homenajean a otros seres.
Yo también tuve problemas con la lectura siendo un chico. Me costaba entender, odiaba escribir con un lápiz y hacer las cursivas.
Más de 30 años después de mis propios calvarios leo más no escribo a mano salvo para anotar cuentas. Y leo con una voracidad caótica que sospecho no es de ningún modo conducente. Diría que es una suerte de ironía: estudiar como un desquiciado para no aprender nada en concreto.
En los últimos tres o cuatro días compré un diario “Clarín” que venía con una versión económica de “El Aleph” de Borges (de quién tengo las obras completas), “El periodista deportivo” de Richard Ford (por el título y por lo de periodista), “El hotel New Hampshire” de John Irving (porque me gustan los hoteles y la obra de Irving), “Las partículas elementales” de Michel Houellebecq (aunque en realidad quería comprar “Ampliación del campo de batalla” y no tengo idea de cual es el motivo que me condujo a cualquiera de los dos libros), “Un maestro de Alemania (Martin Heidegger y su tiempo)” de Rüdiger Safranski (porque siempre compro algo de filosofía), “Una belleza rusa” de Vladimir Nabokov (porque me faltaba en mi colección de compactos de Anagrama que sale con “Página/12”), y, finalmente aunque no menos importante, “Diarios de bicicleta” del músico David Byrne (porque amo el andar en bici y el tema “Psico Killer”). Mientras tanto ojeo “El buscador de finales” de Pablo de Santis que le han dado en el secundario a leer a mi hija Mercedes, a la que si le gusta leer pero, por favor, que no la apuren.
No tengo la menor idea de cual es el sentido de este particular conjunto literario-turístico-filosófico. Que significado puede tener de ahora y para siempre en mi vida. Los libros están. Son. Se dejan leer. Obran como cómplices.
No constituyen un saber sino la oportunidad de un relato. El mío. Tampoco podría calificárselos como una herramientas. Como un capital virtual o tangible. Nada de eso. El discurso multiplicado en una enorme variedad de metáforas representa un hecho artístico en sí mismo. Como no se escribe un poema con el propósito de pagar el alquiler, mucho menos se lee para “con lo facturado” invertir en un fondo al 0,9 porciento mensual.
El terminar cerca de alguna actividad remunerada que se vincule a la escritura, la lectura o el diseño de geometrías atractivas, es pura casualidad, un flash, un capricho del destino, una esfera luminosa que explota sobre nuestras cabezas. Aquí no cuenta lo que hacemos para vivir, ni lo que nos dijeron o nos dejaron de decir al respecto. Lo que cuenta es el ánimo, el llamado selvático, el deseo ladrando por su supremacía.
Leer o escribir o diseñar o soñar libros no es un plan b, es el plan a. De modo que el mandato empuja hacia el eterno retorno. A mi padre le preocupaba que estudiara algo para que sirviera para algo. Y yo estudie y sigo estudiando para, básicamente, subrayar mi nada. Soy un nada que lee.

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