Poesía y almacén

Publicado en diario “Río Negro”

En el borde superior de la hoja de mi libreta de gastos anoto: “Hoy se fueron los chicos a Bariloche”. Debajo aparecen los nombres de los objetos (1 diario, 1 Coca Cola) y los precios: 4, 5, 28,50 pesos.
El resto de la hoja queda en blanco a la espera de nuevas compras.
No estoy seguro de si con el paso de las semanas se convertirá en una de libreta del almacenero con deslices poéticos, pero la anotación, espontánea, impensada, me indica que de un modo u otro siempre estamos haciendo poesía o provocándola por encanto o maldición.
Acabo de terminar de leer “La universidad desconocida” (Anagrama) de Roberto Bolaño, un libro de poesía publicado después de su muerte y que no se parece demasiado a un libro de poesía tradicional. De hecho, tiene más de vertiginoso diario de vida que de libro con pretenciones literarias. Y esta justamente tal vez sea esta una de las claves de la poesía de Bolaño, su falta de pretenciones, su ausencia de preciosismos baratos, de adjetivos que conllevan la dudosa misión de adornar (más aun) los adjetivos. Juegos líricos, delicatessen de la escritura que podrían obviarse.
Bolaño elaboró su libro con la levedad de quien deja caer una frase sobre un papel arrugado que llevaba en el bolsillo. Como un trazo certero, luminoso y despojado que no quería perder para siempre en los rincones caprichosos de la memoria (y ahora el rimbombante soy yo). Como una ocasión de decirse así mismo algo que no podía resultar desaprovechado. Alimento para futuros inviernos. Armas secretas.
Y así lo hace, así lo escribe:

“En la sala de lecturas del infierno  En el club
de aficionados a la ciencia ficción
En los patios escarchados En los dormitorios de tránsito
En los caminos de hielo   Cuando ya todo parece más
claro
Y cada instante es mejor y menos importante
Con un cigarrillo en la boca y con miedo            A veces
los ojos verdes             Y 26 años                        Un servidor”

No es una frase más destinada a integrar el mural de afirmaciones pomposas: todos llevamos un poeta dentro. Sólo que cada poeta posee su propia partitura y sus propios rítmo y melodía.
Al menos en mi caso, me gusta, me conmueve la idea de una poesía sin otras búsquedas que las que conducen al territorio de la honestidad. Ahí donde las palabras dicen lo que quieren decir. Donde se expresa el amor o el deseo, el miedo o la soledad, entre sumatorias cotidianas y recordatorios subrayados en hojitas amarillas. Ahí donde la vida pasa y pasa en estado puro.
En otro de sus poemas escribe Bolaño:

“Todos los comercios estaban cerrados
y además sólo tenía 50 pesetas
Tres tomates y un huevo
Eso fue todo
softly as in a morning sunrise
Coltrane en vivo
Y comí bien
Cigarrillos y té hubo a mi alcance.
Y paciencia en el compás del atardecer”.

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