El arte de andar en bicicleta

“Un viaje de mil millas comienza con el primer paso”, tal vez lo dijo Lao-Tsé y es probable que Lao-Tsé nunca haya existido. Lo cierto es que si el viejo maestro oriental hubiera conocido las bicicletas en su tiempo habría tenido seguramente palabras de elogio para este ingenioso artefacto. Algo como: “Un viaje de mil millas comienza con un simple y emotivo pedaleo”.

No hace falta pretender ir tan lejos. Basta con querer ahorrar dinero y perder, en el camino, un poco de peso. Una fórmula que, visto tal y cual se desarrolla el escenario del mundo posmoderno, no deja de resultar optimista.

Olvidémonos por un momento de la crisis energética mundial. Pensemos únicamente en la practicidad de ciertas actividades aeróbicas. Porque, si no fuera por una cuestión de moda y de ciertos complejos de estatura, los tacos altos no tendrían sentido. Y, si sólo se tratara de mantenerse saludable y de viajar cómodo y barato, nadie se negaría a usar una bicicleta. Pero, se sabe, uno no suele impresionar a los vecinos ni mucho menos a las chicas con una bicicleta de tres cambios y canastito.

Ya transcurrieron casi 150 años desde que Ernest Michaux tuvo la brillante idea de dotar de pedales la rueda delantera del dispositivo llamado “draisiana”, convirtiéndolo así en uno de los antecedentes más modernos y directos de la bicicleta actual.

La bicicleta no aparecía entonces como un asunto urgente en la agenda ciudadana sino como un hecho meramente anecdótico. Cuánto y de qué modo han cambiado los tiempos. Justo por estos días se discute si será el auto con batería de carga eléctrica o solar o la bicicleta la que herede la responsabilidad de transportar a las personas del futuro.

A gente como Kirkpatrick Macmillan –el herrero escocés que en 1939 añadió palancas de manejo y pedales a la máquina draisiana–, Ernest Michaux –aquel de los pedales delanteros en 1861–, James Starley –el productor, en 1873, de la famosa bicicleta de rueda alta– o Thomas Stevens –el primero en realizar en 1887 un viaje en bicicleta alrededor del mundo– les habría sorprendido el nivel de sofisticación que ha alcanzado la bicicleta de uso común.

Que la bicicleta de alta competición se haya transformado en una perfecta máquina de quebrar barreras es un hecho bastante entendible. Después de todo, la velocidad impone sus propias reglas al diseño.

Sin embargo, la bicicleta de todos los días, aunque similar en ciertos rasgos a sus primitivas antecesoras, es un objeto de moderna concepción que a veces parece demasiado para tan poco.

El artículo completo en “Río Negro”

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