Puerto Natales, paraíso abismal

Hace unos días Pablo Perantuno me pidió una suerte de carta relato donde retratara mi pueblo y la zona en la que nací. Mi fin del mundo personal. Salió este lunes en “Clarín”. Dejo texto y PDF.

La página en PDF del diario “Clarín”

Sé que has oído historias. Dragones y serpientes custodiando los confines de los mapas. Pero puedo asegurártelo: existe un sur más allá del sur.
Cuando te mencionan la “Patagonia” estoy seguro de que no tardan en aparecer por tu mente imágenes disparadas desde un pasado remoto y un poco borroso. Tal vez, un viaje de egresados en el que una bandera llevaba escrita la palabra “Bariloche”. Y aunque Bariloche es Patagonia, 2 mil kilómetros hacia abajo, aun queda un sur por contar.
En tiempos de Augusto Pinochet, el tristemente célebre militar que gobernó con mano de hierro Chile por 17 años, algunos disidentes del proceso eran  – en lugar de terminar encerrados en cárceles de Santiago o directamente “desaparecidos” – , enviados a pequeños pueblos de la Patagonia trasandina.
Puerto Natales figuraba entre estos destinos dantescos. Ahora recuerdo: en la “Divina Comedia”, El Purgatorio es imaginado en la Antártica.
Los críticos del gobierno de facto no arribaban precisamente de vacaciones a esta humilde comunidad, ubicada a 3 mil kilómetros de Santiago o Buenos Aires, sobre un laberíntico brazo de agua marina llamado Canal Señoret, a partir del cual se elevan montañas de impactante belleza.
No mucho después de los exiliados comenzaron a llegar los extranjeros. Hasta mediados de los 80 lo hicieron en cuentagotas. Principalmente venían de Alemania, Francia y Estados Unidos.
Puerto Natales aprendió tarde y de un modo brutal la lección que siempre tiene entre manos el negocio turístico. Donde una vez hubo un almacén de ramos generales, una casita de chapas amarillas y techos rojos, se ha levantado un hotel tras otro.
Sus habitantes han subsistido tradicionalmente de actividades como la pesca y la exportación de lana y carne de cordero. El resto, sobre todo los varones que no pertenecían al campo ni a los intrincados “canales” que se prolongan desde el puerto, partían a las minas de carbón distantes a 30 kilómetros, del lado argentino, en Río Turbio. Una parte de esta actividad aun se mantiene. Sin embargo, un porcentaje importante de la población comienza a ver el turismo como su verdadera y última oportunidad laboral.
La costanera de Puerto Natales te enfrenta, como si fuera una gran pantalla de cine, a una naturaleza salvaje e inexplorada. Que no te suene a recurso poético. Es literalmente salvaje y literalmente inexplorada. Las montañas (Prat, Tenerife, Rotundo) son el principio de un camino regado por glaciares, islas e islotes. Durante años sus habitantes se sintieron presos de este paraíso agreste. No es casual que los colonos denominaran a la zona con el nombre de Ultima Esperanza.
No deja de resultar irónico que mientras unos padecían la soledad y el aislamiento, otros cruzaban medio planeta para acercarse a una geografía inhóspita, por fin, una tierra que no había pisado nadie.
A menos de 100 kilómetros de Puerto Natales se encuentra una de las principales reservas ecológicas de Chile, el Parque Nacional Torres del Paine. Un espacio virgen de proporciones bíblicas que los expertos consideran el sitio ideal para hacer “trekking”. Es decir, caminar a buen ritmo durante días enteros sólo para ser testigos de un paisaje y una fauna sin comparaciones.
El final de la dictadura en Chile en 1990 coincidió con la explosión del “sur del sur” (explosión que incluye a El Calafate y el glaciar Perito Moreno en nuestro país) como alternativa turística altamente recomendable para “gente” como “The New York Times”, “Travelers”, “National Geographic” y “Lonely Planet”. Ya puedes figurarte como sigue la historia. Más 100 mil personas visitan el parque cada verano y el 80 porciento de ellos son extranjeros.
Otra ironía sureña. La lejana región que ayer fue el destino de los condenados, hoy, a una velocidad posmoderna, se va convirtiendo en el epicentro del turismo de aventura.

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