Bukowski cortado con Fresán

Charles Bukowski en una mesa de usados. Un hallazgo.

El libro está prácticamente nuevo como si su dueño lo hubiera abandonado por la mitad acaso intimidado por el contenido salvaje e imperfecto de sus páginas.

“Mujeres”, justo a mi. Ya en mi infancia me advertía mi padre: “cuídate de las mujeres, hijo”. Lo hacía con un dedo en alto, en tono epistolar. No hice caso pero conocí el amor.

No fue el único libro que compré en mi viaje de tareas periodísticas a Bariloche. También adquirí: “La insoportable levedad del ser” de Milan Kundera (eterno intento frustrado de lectura eternamente regalado o prestado sin devolución posterior), “El mundo según Garp” de John Irving, “Jazz” de James Ellroy, “La República” de Platón (en una edición muy coqueta de Eudeba del año 74), “Los detectives salvajes” de Roberto Bolaño (porque un amigo me dijo que hasta hoy sólo he leído los libros incorrectos del escritor chileno: “Amuleto” y “La literatura nazi de América Latina”), “No quisiera estar en tus zapatos” de William Irish y “La velocidad de las cosas” de Rodrigo Fresán. En el mismo momento en que compré esté libro del autor argentino, y al cumplirse un año aproximadamente de haber terminado su brillante “Jardines de Kensington”, decidí convertirme en acólito de Fresán. Así como existen “Los Testigos de Jehová” puedo considerarme desde ahora un “Testigo de Fresán”. Busco con cierta ansiedad frases que justifiquen mi flamante misticismo “Fresaneano”. Cito de “La velocidad de las cosas”: “Un escritor siempre se equivoca al juzgar a una persona y es este sagrado error el que permite la creación del personaje correcto. Nuestro oficio no es más que el constante y cada vez más perfecto ejercicio del error”. Agrego: estupendo.

Volviendo a Bukowski, tal como alguna vez hice con el alcohol – cortando el whisky con dosis de cerveza o el vino tinto con aperitivos de Martini-, pruebo reducir el golpe seco de “Mujeres” con la lúcida filosofía contemporánea de “La velocidad de las cosas”.

Lo cito también a él, a Charles, en “Mujeres”: “El dolor es extraño. Un gato que mata a un pájaro, un coche accidentado, un incendio…llega el dolor, BANG, y allí está, se introduce en ti. Es real. Y para cualquiera que te vea, parecerás un imbécil. Como si te hubiese caído una idiotez repentina. No hay cura para ello mientras no encuentres a alguien que comprenda cómo te sientes y sepa cómo ayudarte”.

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