Inmigrante

Publicado en diario “Río Negro”

Probablemente los argentinos no sean muy conscientes de ello, pero así como hay un “american dream” también existe un “argentine dream”. Un sueño argento.
Es el verdadero motivo por el cual miles de inmigrantes latinoamericanos cambian su propio país por éste.
Cruzan la frontera dejando atrás familia, amigos, parte de su cultura y los sueños que una vez albergaron para ser realizados en la tierra en la cual nacieron. Cruzan la frontera para mudar de piel y renacer. O intentarlo. O tener la oportunidad de intentarlo.
Conozco bastante bien el tema porque yo mismo partí un día, a los 17 años, detrás de esos sueños argentinos. Del fin del mundo a Buenos Aires. Y de Buenos Aires a este hermoso y extraño sitio en el que respiro y trabajo.
Se dice que somos latinoamericanos, que compartimos una misma lengua, que constituimos una hermandad basada en una común historia y en la relativa cercanía geográfica. Pero no es cierto. No completamente. Para que un sueño tenga sentido y se convierta en un deseo poderoso, capaz de hacernos mover los piececitos, debe diferir de la realidad de la cual estamos imbuidos.
Por eso Buenos Aires, sobre todo Buenos Aires, es un punto de convergencia para peruanos, chilenos, bolivianos y paraguayos (y he conocido allí a bastantes colombianos y cubanos). Porque no se parece prácticamente en nada al universo del cual éstos proceden. El hecho de que elijan la Argentina como destino ratifica lo mucho que nos diferencia. Para bien. Porque, desde el punto de vista de quien emigra, toda diferencia es un factor positivo. “Allá sí se puede”. “Allá sí que sí”.
Dos son las grandes palabras con las que una persona parte de un país para radicarse en otro, las claves por las que se atreve a probar suerte en nuevas geografías: “trabajo” y “estudio”. Son palabras dignas que se anteponen a propósitos mundanos y trascendentales: comprarse un auto, conocer chicas, convertirse en una persona distinta, menos tímida, más osada, más-menos “algo”.
Porque quien se marcha sabe que su tierra o la sociedad de la cual proviene, por una o varias razones, no le permite expresarse tal como él quisiera.
“¿Qué hubiera sido de mí si…?” es una pregunta ociosa pero reiterativa que los inmigrantes nos hacemos una y otra vez. Como un juego morboso. Como un tic. Como un vicio.
¿Qué hubiera sido si me quedaba? ¿Si me volvía? ¿Si me volvía a ir? ¿Cómo hubiera sido si…? Y así. Durante mucho tiempo. Muchos años.
El día en que nace tu hijo. El día en que te haces hincha de un club de fútbol. El día en que asimilas por completo un vocabulario que no es el tuyo pero que de aquí en adelante lo será. El día en que firmas un crédito con tu nombre. El día en que encuentras o descubres a tus amigos adultos. El día en que entiendes que no, que no vas a volver jamás. Esos días te definen y definen tu pertenencia como ex extranjero. Aunque foráneo serás siempre.
Inmigrar tiene, entre tantas cosas, esta curiosidad: que una tarde cualquiera (y no es cualquier tarde) llegas a un país con un bolsito en la mano y en un abrir y cerrar de ojos (otra tarde sin importancia) te sorprende el que ya hayan pasado dos o tres décadas. Para entonces tu pueblo es una fotografía borrosa, amarilla en los bordes, que conservas en algún rincón de la memoria.
Un libro reciente de Alberto Fuguet, “Missing” (Alfaguara), que trata de la soledad y de los trasplantados, me hizo pensar en que migrar es una forma de torcer una historia que se presuponía escrita en las estrellas. Como jugar a las cartas con Dios.
Todo eso que “hubiéramos” sido originalmente y que ya no seremos.
Cuando dejas tu país le dices adiós a esa persona, a ese personaje en el que se seguro te ibas a transformar, para enfrentarte a la duda, excitante y cruel, de en quién te transformarás ahora.

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