El viaje más largo de la historia

Publicado en diario “Río Negro”

En 1968 Bernard Moitessier participaba de la famosa y bien remunerada Sunday Times Golden Globe Race, una competencia de hombres solitarios dando la vuelta al mundo en sus barcos. Moitessier iba bien ubicado. De haber seguido en carrera probablemente habría ganado. Pero no lo hizo. En una época en que no existían los teléfonos satelitales ni el email, Moitessier le envió un escueto mensaje a un carguero: Sigo, sin hacer escalas, hacia las islas del Pacífico, porque soy feliz en el mar y quizás para salvar mi alma. A pesar de su deserción, el marino iba a terminar dando la vuelta al mundo sin tocar puerto, sólo que a su aire, en 10 meses. Años después dijo estar arrepentido, no de rechazar la gloria y el efectivo sino de esa incómoda palabra quizás.

Inspirándose en Moitessier, Reid Stowe inició una aventura sideral: dar él también la vuelta al mundo en su velero, Anne, sin escalas, sin aprovisionarse en ningún sitio más que en alta mar, en 1000 días. La bautizó Mars Ocean Odyssey porque 1000 son los días que aproximadamente llevaría una misión al planeta Marte.

Al final fueron más. Partió el 21 de abril del 2007, desde Hoboken, Nueva Jersey, frente a Manhattan, junto a su mujer, Soanya, y regresó a Nueva York sólo (Soanya quedó embarazada y se bajó del bote en Australia el día 307 debido a sus constantes mareos) 1,152 días después.

Los números son importantes en la vida de Stowe. Tiene 55 años y mide 1,85. Su mujer 1,50 y tiene 26 años. Su primera esposa era francesa y con ella navegó durante 197 días. Stowe no oculta una temporada difícil en su pasado cuando, por traficar marihuana en el Caribe, estuvo en prisión por 9 meses. Fue en 1978 cuando Stowe terminó la construcción de su velero de 21,34 metros.

El y su esposa se aprovisionaron con grandes cantidades de comida que luego complementaron con lo que fueron pescando a lo largo del viaje. Llevaron arroz, porotos, salsa de tomate, pastas, aceitunas, chocolates y especias (esto debido al origen indio de Soanya), y 91 kilos de queso parmesano.

Durante más de 2 años, Stowe sostuvo arriba de su barco una puntillosa rutina: por las noches observaba otros posibles barcos en el horizonte. Luego dormía. Bien temprano a la mañana chequeaba su ubicación y las condiciones climáticas. Desayunaba. Anotaba pensamientos y reflexiones. Más tarde se dedicaba a revisar y reparar la embarcación y, por la tarde, después de trabajar en su computadora, contestar mails y confirmar datos varios, pintaba o hacía yoga hasta oscurecer. Entonces el ciclo volvía a comenzar.

A su regreso ninguna autoridad esperaba a Stowe. Ningún político o personalidad destacada mostró interés en estrechar su mano. Sólo estaban allí su mujer, su pequeño hijo, Darshen, su hija mayor (producto de una relación anterior) Viva, su nieto, sus amigos y los medios, por supuesto (no faltaron los periodista que le preguntaron, por ejemplo: ¿qué extrañó más el helado o darse una ducha?). Después de todo Reid Stowe había protagonizado (y en solitario) la travesía sin paradas más extensa que ningún otro ser humano hubiera realizado jamás.

Tampoco se encontraban otros marinos entre aquel el grupo de gente. Por el contrario, gran parte de su viaje estuvo acompañado, además de las buenas vibraciones y esperanzas de su mujer y amigos, de la malicia, el enojo y el desprecio de un puñado de personas aficionadas a las embarcaciones de alta velocidad, que vieron en Reid un especímen del cual burlarse. ¿Envidia de parte de sus colegas que tal vez que quisieron pero jamás intentaron semejante aventura? ¿Odio por parte de unos chicos acomodados que no soportaban la experiencia espiritual que estaba llevando a cabo Reid?

La vuelta de Reid no ha sido sobre una alfombra roja. No tiene dinero pero necesita ayuda para mantenerse en el agua y cuidar de los suyos. A pesar de eso, él y Soanya son optimistas: No sabemos cómo sigue esto pero tengan por seguro que hay más aventuras por venir, han escrito en su web http://1000days.net

Lo que ambos han vivido en el corazón de los océanos, la sabiduría que adquieron juntos o por separado, exponiéndose a la inmensidad y al silencio, la experiencia única y maravillosa de verse libres y sin ataduras, la sensación de haber aprendido algo muy valioso y la certeza de estar atracados para tarde o temprano volver a zarpar, aun compartiéndolo al punto de inspirar a otros, les pertenece a ellos. Sólo a ellos.

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