Invisible, la obra cumbre de Paul Auster

Entrevista con La Vanguardia

Comentario del libro en “The New York Times”

Entrevista con New York Magazine

Se ha dicho ya: una vida está constituida por muchas otras vidas posibles. Algunas reales, otras alucinadas. En cada biografía existe un espacio en el que la ficción y la realidad, debaten continuamente sus fronteras. Incluso, en ocasiones, sus argumentos se confunden de un modo peligroso. En parte por esto hay quien asegura que es mejor dejar el pasado en paz.

El personaje central de “Invisible” (Anagrama) de Paul Auster hace justamente lo contrario. Poseído de una determinación suicida, Walker se entrega al devenir y una vez atravesada la experiencia se vuelca a su desglose. Su tragedia es tanto producto de su extraña suerte como de una poderosa voluntad.

Auster encarna nuevamente a uno de nuestros dioses favoritos. Su novela escapa a todas las convenciones –estilísticas, rítmicas, estructurales–, para avanzar mucho más allá de lo esperable en una obra literaria. Walker es un principio. Sólo eso. Numerosas otras vidas son relatadas en las páginas de “Invisible”; unas merecen de parte del autor, –que es Walker, que es Auster, que son los demás–, un par de párrafos, a veces un capítulo, o un fragmento que señala capítulos de impublicadas obras a las que tendremos parcial acceso. Y este es uno de los mayores logros de quien escribió “El palacio de la luna” y “Leviatán”, su enorme capacidad para traducir la compleja trama que define la despiadada rutina de los hombres.

Porque, en verdad, sus libros también son un reflejo de lo que ocurre en la calle, al interior de las casas y en la intimidad de las sábanas.
El protagonista de “Invisible” es un atractivo aspirante a poeta que busca crecer con la ayuda de nuevos idiomas y la lectura de obras literarias. Su temple es indiscutible y su estilo bohemio.
En una fiesta conoce a un extraño personaje el cual lo convence de iniciar un ambicioso proyecto editorial. Pero no queda aquí, este mismo hombre lo incita a terminar en la cama con su actual pareja. De pronto Walker se verá involucrado en un homicidio y en un viaje de Estados Unidos a Europa que tiene más de un propósito: la venganza es uno.
Auster revisita su propia biografía para elaborar una parte de las alternativas que encontrará Walker en su intenso camino.
El también vivió en París en desvencijados hoteles y hasta su relación de 30 años con su esposa, la novelista Siri Husvedt, le otorga sentido al vinculo entre Walker y su hermana. “Me gusta escribir sobre cosas que conozco y que me han rondado la cabeza durante años. Intentas contar la verdad de tu personaje y del mundo tal y como lo conoces, pero al final el arte es un juego y por eso es divertido, aunque hay que tomárselo muy en serio”, le dijo el escritor a “El País”.
Su papel es el de una deidad que tiene el poder de la lectura total. Un ser mitológico capaz de observar en las estrellas los acontecimientos que determinarán la vida de sus personajes.
No hay una versión excluyente para la vida del joven poeta.
Primero es un alterego de Auster el que habla (aunque uno conserva siempre la presunción de que en cada novela el narrador original es quien firma el libro y no una prolongación de sí mismo), un autor que ha alcanzado la fama internacional y que fue compañero de colegio de Walker en su juventud. Entonces nos trasladamos del pasado al presente.
Más tarde será el propio Walker, a través de un diario, una hoja de ruta de su calvario, quien nos ofrezca un nuevo punto de vista. Inclusive, las miradas de su hermana y una enamorada suya, ambas mujeres mayores ya, tendrán algo que revelarnos.

“Tan pronto como terminas “Invisible” deseas volver a leerla. Y no porque, como en ocasiones sucede con las novelas de Auster – como con las novelas de Georges Perec, y de un puñado de otros autores reales mencionados en el libro – se sienta de un modo repentino la sospecha de que al final hay algo que no hemos entendido correctamente, que una palabra se nos ha escapado. Quieres volver a leer “Invisible” porque su narración se mueve con tal rapidez, tan fácil y sinuosamente, que te preocupa haberte perdido las mejores partes y las mejores ideas”, escribió Clancy Martin para “The New York Times”.

Auster juega a proyectar su creatividad hasta límites insospechados. Como si quisiera probar de qué material está hecho en tanto autor y qué tan lejos puede volar su imaginación. El final del libro es un sonido, la musicalidad del sometimiento en medio del paraíso. Otra señal y otra marca en la genialidad de su autor.

Publicado en diario “Río Negro”

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