Ricardo Fort, lo ingenuo y lo monstruoso

Ricardo Fort era un tipo bastante bien parecido hasta que se transformó en “Ricardo Fort”. Así, entre comillas. En un sentido vagamente nietzscheano Fort es un súper hombre. Pero, ya lo decía Cioran, un súper hombre, si existiera, albergaría también grandes o súper defectos.
Como Mickey Rourke, como Sylvester Stallone, Fort es una masa de músculos lustrosa por fuera y agrietada por dentro. No es ágil, nos es grácil y, sin embargo, lo observamos deambular con la levedad de un ropero.
Encarnación posible y fragmentada de Hank, el lado oscuro de Charlie Baileygates, aquel personaje interpretado por Jim Carrey en “Irene, yo y mi otro yo”, Fort también se operó su mentón hasta convertirlo en una prolongación rectangular que lo hace más prepotente de lo aconsejado por el buen gusto.
Fort ha saturado los símbolos de la belleza hasta un punto en que se vuelven ridículos.

En Fort, como en las vedettes, todo es excesivo. No es rico sino multimillonario. No luce en forma sino deforme. Su único estado anímico es la euforia. No discute: ordena o se va larga. No gasta, derrocha. No explica, se define por presencia o ausencia. No trabaja, se exhibe.

Si Fort albergara una pequeña cuota de inocencia, y quizás la oculta detrás de la muralla que el mismo diseñó con esmero, tendría más de un punto de contacto con el Willy Wonka , aquel anfitrión de “La fábrica de chocolates”.
En Fort también hay un niño escondido. Un crío que anhela la atención de sus padres, de algunos escasos amigos y de las masas anónimas. ¿Recuerdan cuando Willy Wonka en el filme de Tim Burton se presenta ante los chicos mediante un “musical” hecho con muñequitos de cera y, al final, el número explota en llamas y concluye de pésimo modo y aun así Willy Wonka lo encuentra sorprendente y maravilloso? Bueno, algo de eso hay en Fort.
Con ingenuidad superlativa grabó momentos de su vida y los subió a youtube sin más sponsor que su billetera. Lo llamó, humildemente, “El Reality Show de Ricardo Fort”. Hay un capítulo en el Llao Llao, en el que se lo ve de paseo por los pasillos del hotel, de compras en las tiendas del hotel (buscando un traje de baño), en el gimnasio del hotel, en el sauna del hotel y hasta en una fiesta, suponemos que en las instalaciones del hotel. En el medio, el docu-Fort está matizado por las declaraciones de los “Fortman”, que son una especie de confirmación al revés (por exclusión femenina en un club de machos donde no se admiten mujeres) de una sexualidad que Fort niega.
La ingenuidad radica en que no hay nada interesante en su Reality. No obstante, para Fort, esas secuencias soporíferas poseen algo fantástico. A su modo de entender el mundo, el testimonio merece ser transmitido como un reflejo fiel de una existencia VIP. En Fort el concepto de lo cool se diluye como un planeta en un agujero negro.
Fort, bien lo aclaró en más de una oportunidad, no hizo nada malo. Su familia y él se ganaron justamente el dinero, aun así su personaje resulta chocante. Hace pensar en la banda de “Titanes en el Ring”, ninguno merecía nuestro desprecio. Había malos y buenos, algunos más sucios que otros pero todos se golpeaban de lo lindo. Fort vendría a ser “La Momia”, un ser torpe y abrumador quien a pesar de su fuerza, no congracia con los demás. Público incluido.

Si algo debe hacer temblar las rodillas del hombrón, no es la posiblidad de terminar siendo leve o tristemente recordado, sino de no ser recordado en lo absoluto. De convertirse por un oscuro maleficio en un niño solitario al que nadie le regala un chocolate en Noche de Brujas.

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